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9 de septiembre de 2015 // 13 comentarios (+)
Durante los pocos años de mi existencia he lidiado con la soledad, la tristeza y la depresión en distintos niveles. Incluso hoy día me cuesta comprender porqué sigo aquí, cómo lo he hecho y porqué nació este blog aparentemente lindo y del tipo no-pasa-nada-todo-está-bien. Mi mecanismo de defensa para lidiar con todos mis sentimientos negativos era la escuela. La escuela me mantenía ocupada y me presionaba en exceso. A final de cuentas, era lo único que hacía... que hago. Me convertí en mi propia madre china buscando sobrellevar presiones versus mi tristeza. Y funcionaba hasta que comenzó a enfermarme.
Aunado a la depresión sin tratar, padezco montones de enfermedades físicas. Casi siempre estoy enferma y mis defensas son muy bajas. También tuve anemia. Pero ¡hey! este no es un post de auto-compasión. Más bien intento hacer una retrospección a esto que fui, era y sigo siendo. 

Sí, comencé a darme cuenta que las propias presiones que yo me inculcaba, acompañados de otros factores ambientales (problemas familiares, baja autoestima, soledad completa, mucho ocio, etc.,), no me hacían bien. Lo único que deseo es lograr la estabilidad mental, ser feliz. Para mí, ser feliz implica ser capaz de sentirse tranquila y sentirse bien durante dos días seguidos. Ser feliz conlleva lograr conmoverme ante los pequeños detalles de la vida. Vivir y sentirme bien, cada segundo.
Sin embargo, la tarea de lograr la estabilidad mental que tanto anhelo no ha sido fácil. Cada día lo siento más difícil, a decir verdad. En los últimos 10 meses, por decir algo, he alcanzado a comprender un puñado de cosas que antes no. No estoy sola, en definitiva no lo estoy. Y a mi lado tengo a una persona con la que puedo contar y en la que confío y que, aunque no lo crea ni sienta así, me ha enseñado muchas cosas. Quizá eso es lo que me mantiene cuerda ahora.
Durante cinco años (¿o fueron cuatro?) tuve un gato. Un adorable gato que me mantenía aquí, atada a la vida. Un gato al que intenté cuidar, amar y proteger hasta el último día de su vida, arrebatada. No había hablado del gato por aquí, porque aún me duele. Pero como decía, ahora no tengo un gato pero sí lo tengo a él. Tengo al hombre al que amo así como tengo a su perro y tengo (siento) el cariño de su familia y entonces siento lo que es una familia pues yo sólo tenía una imagen de una familia, mi familia. Pero esa es otra historia.

No puedo volver a tener gatos ni ningún otro animal, a mi madre no le gusta.
Hablando de mi madre.... ¿vale la pena hablar de eso? Quizá sólo cabe decir que hoy, a mis 21 años, me siento enferma (lo estoy), me siento harta. me siento insulsa. He vivido con estas sensaciones desde hace más de 10 años pero hoy por hoy, siento que ya no puedo más.
Ya no puedo más.
Vivo una constante lucha entre permanecer aquí y lograr ser feliz o dejar de intentarlo. Me siento como la persona más mediocre e hipócrita del mundo. ¿Esto es real? Experimenté ansiedad de la peor manera y aunque se detuvo un tiempo, ahora vuelve. Quizá por eso escribo todo esto aquí, en primer lugar. Al parecer estoy sufriendo de ansiedad. Un día, de pronto, comencé a sentir presión en el pecho. Una sensación que subía hasta mi garganta y no me dejaba respirar. Sensación de ahogo. Mi respiración a veces va muy rápida, a veces muy lenta y se corta. Es raro.
La sensación en el pecho es horrible. Llega en cualquier momento, es difícil. Me siento sumamente fatigada, sólo quiero dormir pero no logro hacerlo del todo pues suelo despertar durante la madrugada o incluso tengo episodios de insomnio. Es absurdo, lo sé.
¿Y qué pasa con la comida? Pues que de pronto, me encontraba comiendo frituras, dulces, etc., pero de forma muy rápida... como si no hubiera comido en días. Creo que ni siquiera lo masticaba bien. Y no sólo eso... la sensación de tener que comer aunque esté satisfecha es lo peor. Como demasiado, como muchísimo y me doy cuenta cuando ya es tarde. Mareo, vértigo, todo es horrible.

... En este punto siento que mi vida es un desastre. Más de lo habitual.
Muchas cosas pasan en mi cabeza, siento que ya alcancé el punto de quiebre pero también siento que no puedo apoyarme en nadie ni contarle a nadie. Además de Él, tengo un par de amigas en la universidad a las que aprecio mucho pero nunca me he sentido con la plena confianza de contarles el mar de cosas que me embargan y me ponen triste. A veces intento contarle a mi abuela pero sé que sólo logro ponerla triste  y que, por más que lo intenta, no logra entenderme. A él puedo contarle pero como siempre es más de lo mismo, pienso/siento que lo canso. La verdad no lo sé. Está mal aseverar los sentimientos de otros respecto a mi persona.
Mis amigos, los que están lejos, viven sus vidas, tienen sus problemas, sus enfermedades... a veces peor que las mías así que prefiero no ser un estorbo. Juro que a veces tengo ganas de sentarme a platicar con los extraños, con los viejitos. A veces quisiera abrazar a mi suegra muy fuerte (pero nunca lo hago) y contarle todo (quizá nunca lo haré). Quisiera poder hablar con los gatos, de verdad... porque los gatos siempre saben qué hacer cuando uno se siente así de triste, lo sé. Quisiera, quisiera, quisiera...
El punto es que no tengo amigos, no tengo gato. Me siento tan, tan sola. Mis cuatro paredes amarillas ya no son suficiente prisión. Necesito aire, necesito verde.
A propósito, he pensado dejar este lugar... Mamá lo dijo hace tiempo, que si quería hacerlo, lo hiciera. Por supuesto que tengo miedo pero quizá, pienso, esa sea la única solución para intentar alcanzar mi estabilidad mental y dejar mis dolencias físicas a un lado. No lo sé.
No lo sé, quisiera intentar.

Pero aún tengo tanto miedo
respecto a todo.

R.

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Rei. 22. Estudiante mexicana.
Commovere es un blog personal para hablar de libros bonitos, inquietudes, curiosidades y reflexiones propias de la edad (+).

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